9 de julio de 2015

La Cruz Ardiente, Capítulo 48: Extraños en la Noche.

Muchos lectores de la saga de Diana Gabaldon han expresado dudas con respecto a los hechos que ocurren en el 5to. libro, La Cruz Ardiente, en el capítulo 48, titulado "Extraños en la Noche".

CONTIENE SPOILERS SI NO HAN LEÍDO LOS PRIMEROS 5 LIBROS

©DianaGabaldon

"Sí, él seguía enfadado por los atrevimientos de Phillip Wylie. Y yo también lo habría estado, de no ser por el cansancio. ¿Cómo se atrevía…? En realidad, no merecía la pena irritarse, al menos no por el momento. Aunque no era normal que Jamie me evitara, enfadado o no.

El cansancio me venció, me quedé dormida y empecé a soñar. 

En mi sueño había caballos: lustrosos frisones negros, de crines flotantes que ondulaban al viento, mientras los sementales corrían a mi lado. Veía mis propias patas, extendidas para el salto; yo era una yegua blanca. El suelo pasaba en un borrón verde bajo mis cascos, hasta que me detuve a esperarlo: un semental de pecho amplio que se me acercó, caliente y húmedo su aliento contra mi cuello. Cerró los dientes blancoscontra mi nuca…

- Soy el Rey de Irlanda –dijo.

Desperté lentamente, vibrando de pies a cabeza, y descubrí que alguien me acariciaba la planta de esos mismos pies.

Como seguía desconcertada por las imágenes de mis sueños, no me alarmé; simplemente, curvé los dedos y flexioné el tobillo, disfrutando del delicado pulgar que avanzaba por el arco y trepaba por el hueco del tobillo. De pronto, con una pequeña sacudida, desperté por completo.

Quienquiera que fuese percibió mi regreso a la conciencia, pues el contacto se detuvo momentáneamente. Regresó con más firmeza; una mano grande y tibia ejecutó con el pulgar un masaje contra la base de los dedos.

Por entonces yo estaba despierta y algo sobresaltada, pero sin miedo. Moví el pie, para desprender esa mano, pero los dedos me lo estrecharon ligeramente a modo de respuesta. Luego su compañera me pellizcó suavemente el dedo gordo.

El contacto continuó por la planta del pie, haciéndome cosquillas. Me sacudí involuntariamente, conteniendo una risita.

Aquellos dedos siguieron la curva de la pantorrilla y buscaron refugio en la blanda cara posterior de la rodilla. Allí tocaron un ritmo veloz contra la piel en tanto yo me contorsionaba de agitación. Se hicieron más lentos hasta detenerse con firmeza en la arteria donde la piel era tan fina que las venas se dibujaban en azul; percibí el torrente de
sangre que pasaba por allí.

Él cambió de posición, con un suspiro; luego una mano me rodeó la redondez del muslo y se deslizó poco a poco hacia arriba. La otra la siguió, presionando inexorablemente para separarme las piernas.

El corazón me palpitaba en los oídos; sentía los pechos hinchados y los pezones pujantes contra la muselina de la camisa. Aspiré hondo… y percibí olor a polvos de arroz.

Mi corazón se detuvo por un momento, pues la idea cobró existencia en mi mente: ¿y si no era Jamie?

Permanecí muy quieta, tratando de no respirar, concentrada en esas manos, que estaban haciendo algo delicado e indescriptible. Eran manos grandes; sentí que los nudillos presionaban contra la suave carne interior del muslo. Pero Phillip Wylie también tenía las manos grandes, demasiado para su estatura. Lo había visto recoger un puñado de avena para Lucas, su semental, y el hocico del caballo cabía en la palma.

Callos: esas manos vagabundas (¡Oh, buen Dios!) estaban encallecidas. Pero también las de Wylie; sus palmas de jinete eran tan duras como las de Jamie.

Tenía que ser Jamie. Levanté un poco la cabeza, para espiar en la oscuridad. ¡Por supuesto que era Jamie! En ese momento una de las manos hizo algo que me sobresaltó. Sacudí los miembros con un grito ahogado y mi codo se clavó contra las costillas de mi vecina, quien se incorporó de inmediato, con una fuerte exclamación. Las manos se retiraron abruptamente, estrujándome los tobillos en una apresurada despedida.

Alguien gateaba por el suelo. Luego, un destello de luz mortecina y una ráfaga fría que entró desde el pasillo: la puerta se había abierto para volver a cerrarse al instante.

- ¿Qué…? –murmuró Jemima a mi lado, en aturdida estupefacción- . ¿Quién anda?

Al no recibir respuesta, murmuró algo y volvió a dormirse. Yo no."

La respuesta de Diana Gabaldon, en Compuserve, es la siguiente:

«Por supuesto que era Jamie. Él se encontraba merodeando fuera de la habitación donde dormía Claire, tan borracho que apenas podía mantenerse de pie, (mucho menos  recordar lo que había hecho, o ser capaz de notar la diferencia entre sus acciones y sus pensamientos). ¿Verdaderamente creen que Philip Wylie es el tipo de hombre que jugaría a "Los 5 cerditos" con los dedos del pie de una mujer?»

En la misma pubicación, luego que alguien comente que tendría más sentido que hubiera sido Philip Wylie, Diana contesta:

«Bien, ¿Sabes? No hay nada que te detenga para que escribas tu propio libro, en el que los personajes hagan lo que tú creas conveniente. Es uno de los beneficios de ser el autor, ¿sabes? (Sonrisa).
Solo permítanme decirles que ustedes no han estado en esa oscura y húmeda habitación, llena de mujeres durmiendo (y de las cuales TODAS llevaban polvo de arroz y olían a alcohol porque habían bebido), y yo sí.» 

Otro miembro del foro comenta que si Jamie hubiera estado tan borracho, no hubiera sido capaz de cargar a Claire fuera de la casa.

«Jamie fue capaz de sacar a Claire de la casa y llevarla al granero con mucha facilidad. (Sonrisa). Estar ebrio hace que tus reflejos sean lentos, pero no hace que desaparezcan (a menos que caigas desmayado de la borrachera), y Jamie es un cazador; la habilidad de moverse sigilosamente la tiene calada hasta los huesos.» 

Si desean leer el debate completo, en inglés, puden hacerlo aquí. 

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