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15 de mayo de 2020

#DailyLines, 'Viento y Ceniza' capítulo 29: Perfectamente (Parte II)

Fuente/Source: Diana Gabaldon 
 
 
 
 
 
Diana Gabaldon: La serie de televisión, naturalmente, tiene un espacio muy limitado, y hacen un buen trabajo al escoger las partes que van a usar. Sin embargo, muchas cosas ocurrieron en realidad entre Jamie y Claire luego de que él la trajera a casa. Y pensé que tal vez debamos dar una mirada a esa parte de la historia, esta es la parte II de "¿Y luego qué ocurrió?".
La parte I la pueden encontrar aquí
 
Extracto de 'Viento y Ceniza'
©DianaGabaldon2006 
 
 
 No en la cocina, donde todavía estaban esparcidos los restos del naufragio emocional. No en la consulta, con todos esos recuerdos ásperos. Jamie vaciló, pero luego hizo un gesto hacia la escalera, enarcando una ceja. Yo asentí y lo seguí hasta nuestro dormitorio.
 
 Parecía familiar y a la vez extraño. Tal vez era sólo mi nariz lesionada lo que hacía que oliera raro; o quizá ese olor sólo existía en mi imaginación, frío y algo rancio, ya que estaba todo barrido y limpio. Jamie avivó el fuego y surgió una luz que se proyectó en las paredes de madera, mientras los olores de humo y resina ayudaban a llenar la sensación de vacío de la estancia.
 
 Ninguno de los dos miramos en dirección a la cama. Él prendió la vela que estaba sobre el lavabo, luego acercó nuestras dos banquetas a la ventana y abrió los postigos a la agitada noche. Había traído dos tazas de peltre; las llenó y las depositó sobre el alféizar, junto con las botellas.
 
 Yo permanecí junto a la puerta, observando sus preparativos. Mis sentimientos eran de lo más contradictorios. Por un lado, tenía la impresión de que él era un completo desconocido. Ni siquiera podía imaginar, sentirme a gusto tocándolo. Su cuerpo ya no era una agradable extensión del mío, sino algo ajeno, inaccesible.

 Al mismo tiempo, unas alarmantes punzadas de lujuria me atravesaban sin advertencia previa. Había estado ocurriendo todo el día.

 Eso daba miedo.

 Él se agachó para poner otro leño en el fuego, y yo casi me tambaleé. La sangre había abandonado mi cabeza. La luz brillaba en el pelo de sus brazos, en los oscuros huecos de su cara…

 Era esa sensación pura e impersonal de un apetito voraz —algo que me poseía pero que no formaba parte de mí— lo que me aterrorizaba. Y ese temor era lo que me hacía evitar su roce, más que el distanciamiento que sentía.

—¿Estás bien, Sassenach? —Él había visto mi cara y se acercó hacia
mí.

—Bien —dije, casi sin aire. Me senté de prisa; tenía las rodillas flojas, y cogí una de las tazas que él acababa de llenar—. Salud…

 Sus dos cejas se alzaron, pero él tomó el asiento opuesto al mío.

—Salud —repitió en voz baja y chocó su taza contra la mía.

 Mis dedos estaban fríos; los dedos de los pies también, así como la punta de la nariz. Eso también cambiaba sin advertencia previa. Al cabo de un minuto, tal vez me sentiría sofocada, sudorosa y ruborizada. Pero, por el momento, tenía frío, y me estremecí con la brisa que venía de la ventana, cargada de lluvia.

 El olor del vino era lo bastante fuerte como para generar un impacto incluso en mis dañadas membranas, y la dulzura fue un alivio tanto para los nervios como para el estómago. Bebí la primera taza con rapidez, y me serví otra, buscando crear rápidamente una pequeña capa de olvido entre la realidad y yo misma.

 Jamie bebía más lentamente, pero volvió a llenar su copa cuando yo lo hice. Él me miraba cada tanto, pero no decía nada. El silencio entre nosotros no era precisamente embarazoso, pero sí inquietante.

 Por fin, extendí la mano con suma lentitud y le toqué la nariz, donde una fractura que se había curado tiempo atrás presionaba la piel y formaba una delgada línea blanca.

—¿Sabes que nunca me has contado cómo te rompiste la nariz? —dije —. ¿Quién te la arregló?

—Oh, ¿eso? Nadie. —Sonrió, tocándosela con timidez—. Tuve suerte de que fuera una fractura limpia, porque en su momento no le presté la menor atención.

—Lo supongo. Dijiste… —Me interrumpí, recordando de repente lo
que había dicho.

 Cuando volví a encontrarlo, en su imprenta de Edimburgo, le pregunté cuándo se la había roto. Él respondió: «Unos tres minutos después de la última vez que te vi, Sassenach.» En la víspera de Culloden, entonces; en aquella rocosa colina escocesa, debajo del círculo de piedras erectas.

—Lo siento —dije débilmente—. No querrás pensar en ello, ¿verdad?

 Él me agarró la mano libre, con fuerza, y me miró.

—Puedes saberlo —dijo. Su voz era muy baja, pero él clavó sus ojos en los míos—. Todo. Todo lo que alguna vez he sufrido. Si lo deseas, si eso te ayuda, lo reviviré todo para ti.

—Oh, Dios mío, Jamie —lamenté en tono quedo—. No, no necesito saber; lo único que necesito es saber que sobreviviste a ello. Que estás bien. Pero… —vacilé—. ¿Me atrevo yo a contártelo a ti? —Lo que yo había sufrido, quería decir, y él lo sabía.

—¿Debes hacerlo?

—Creo que sí. Algún día. Pero no ahora… no, a menos que… tú necesites oírlo. —Tragué saliva—. Primero.

—Ahora no —susurró—. Ahora no.

 Aparté la mano y tragué el resto del vino que tenía en la copa. Yo había dejado de pasar de caliente a frío; ahora sólo sentía calidez en todo el cuerpo, y lo agradecía.

—Tu nariz —dije, y serví otra taza—. Cuéntamelo, por favor.

—Sí, bueno. Había dos soldados ingleses, que estaban subiendo la colina, como una patrulla de reconocimiento. Creo que no esperaban hallar a nadie; ninguno de los dos tenía cargado el mosquete, o yo hubiera muerto allí.

 Hablaba en un tono totalmente despreocupado.

—Me vieron, ¿sabes?, y luego uno de ellos te vio a ti, allí arriba. Él gritó y empezó a seguirte, entonces yo me arrojé sobre él. No me importaba qué pasaría, si conseguía que tú estuvieras a salvo, de modo que me abalancé sobre él; le hundí la daga en un costado. Pero su caja de municiones giró hacia mí y el cuchillo se quedó clavado en ella, y… y mientras yo trataba de liberarlo y de evitar que me mataran —añadió con una sonrisa torcida—, su compañero se acercó y me atizó en la cara con la culata de su mosquete.

 Me sobresalté, porque ahora ya sabía lo que se sentía. Sólo de oírlo, mi nariz comenzó a palpitar. Respiré, me la toqué con cuidado con la base de la mano, y serví más vino.

—¿Cómo escapaste?

—Le quité el mosquete y los aporreé a los dos con él hasta matarlos.

 Habló en voz baja, casi monótona, pero había una extraña resonancia que hizo que mi estómago se moviera, incómodo. Todavía era muy reciente para mí la visión de las gotas de sangre brillando a la luz del alba en los pelos de su brazo. Demasiado reciente ese matiz de… ¿qué era?, ¿satisfacción?, en su voz.

 De pronto me sentí demasiado inquieta como para quedarme sentada. Me puse en pie, inclinándome sobre el alféizar. Se avecinaba una tormenta; el viento era refrescante, y echaba hacia atrás mi pelo recién lavado, mientras los relámpagos estallaban a lo lejos.

—Lo lamento, Sassenach —dijo Jamie, en tono de preocupación—. No debería habértelo contado. ¿Estás molesta?

—¿Molesta? No, no por eso —respondí algo lacónicamente.

¿Por qué le había preguntado por su nariz, justamente? ¿Por qué en ese momento?

—¿Qué es lo que te molesta, entonces? —preguntó él en voz baja.

 Lo que me molestaba era que el vino había cumplido muy bien su función de anestesiarme, y que ahora yo había arruinado ese efecto. Todas las imágenes de la noche anterior habían regresado a mi cabeza, convertidas en un nítido Technicolor por aquella sencilla afirmación, aquellas palabras, dichas en un tono tan indiferente: «Le quité el mosquete y los aporreé a los dos con él hasta matarlos.» Y su eco tácito: «Yo soy el que mata por ella.»
 
  Sentí deseos de vomitar. Bebí más vino, sin paladearlo, tragándolo lo más de prisa que pude. Oí a lo lejos que Jamie volvía a preguntarme qué era lo que me molestaba, y giré mi rostro para enfrentarme a él.

—Lo que me molesta… ¡Molesta, qué palabra tan estúpida! Lo que me pone totalmente furiosa es que yo podría haber sido cualquiera, cualquier cosa, un sitio cálido y esponjoso… ¡Por Dios, no era más que un agujero para ellos!

 Golpeé el alféizar con el puño y luego, enfadada por ese golpecito impotente, levanté la taza, me di la vuelta y la arrojé contra la pared.

—No fue así con Black Jack Randall, ¿verdad? —exigí saber—. Él te conocía, ¿no? Él te vio cuando te usó; no habría sido lo mismo si tú hubieras sido otro; él te quería a ti.

—Por Dios, ¿crees que aquello fue mejor? —espetó Jamie.

 Me detuve, jadeando y sintiéndome mareada.

—No. —Me desplomé sobre la banqueta y cerré los ojos, sintiendo que la habitación daba vueltas y vueltas a mi alrededor—. No. Para nada. Creo que Jack Randall era un condenado sociópata, un pervertido de primer nivel, y éstos… éstos… —agité una mano, incapaz de encontrar una palabra adecuada—. Éstos eran sólo… hombres.

 Dije la última palabra con un tono de desprecio evidente.

—Hombres —repitió Jamie con un tono de voz extraño.

—Hombres —volví a decir. Abrí los ojos y lo miré—. He sobrevivido a una maldita guerra mundial. He perdido a un hijo. He perdido a dos maridos. He pasado hambre junto a un ejército, me han golpeado y herido, me han tratado con condescendencia, me han traicionado, me han encarcelado y atacado. ¡Y he sobrevivido, mierda! —Mi voz estaba haciéndose cada vez más fuerte, pero no podía evitarlo—. ¿Y ahora debería estar destrozada porque unos infelices (patéticas excusas de hombres) metieron sus desagradables y pequeñitos apéndices entre mis piernas y los agitaron?

 Me puse en pie, agarré el borde de la jofaina y lo hice volcar, haciendo que todo saliera volando con un gran estrépito: la palangana, el aguamanil y el candelabro con la vela encendida, que se apagó de inmediato.

—Bueno, pues no será así —terminé, más serenada.

—¿Desagradables y pequeñitos apéndices?

—El tuyo no —aclaré—. No me refería al tuyo. En realidad, al tuyo le tengo bastante cariño. —Entonces me senté y estallé en lágrimas. Él me rodeó con sus brazos, lenta y suavemente. Yo no me sobresalté ni traté de apartarme, y él apretó mi cabeza contra la suya, acariciando mi pelo húmedo y enredado, metiendo sus dedos en él.

—Dios santo, eres muy valiente —murmuró.

—No —dije con los ojos cerrados—. No lo soy.

 Le agarré la mano y la llevé a mis labios. Froté mi maltrecha boca contra sus nudillos. Estaban hinchados, tan llenos de hematomas como los míos. Toqué su piel con mi lengua; sabía a jabón, a polvo y a plata de los rasguños y los tajos, marcas dejadas por huesos y dientes rotos. Apreté con los dedos las venas debajo de la piel de su muñeca y su brazo, suavemente resistentes, y las sólidas líneas de los huesos. Tanteé sus venas, deseando entrar en su torrente sanguíneo, desplazarme por él, disuelta e incorpórea, encontrar refugio en las cámaras de su corazón. Pero no pude.

 Subí mi mano por su manga, explorando, aferrándome, reaprendiéndome su cuerpo. Le toqué el pelo de la axila y lo acaricié, sorprendida por lo suave que era.

—¿Sabes? —dije—. Creo que jamás te había tocado ahí.

—Creo que no —respondió, con una risa nerviosa—. Lo recordaría. ¡Oh! —Un arrebato de carne de gallina explotó sobre la suave piel de esa zona, y yo presioné la frente contra su pecho.

—Lo peor —dije con la boca en su camisa— es que los conocí. A cada uno de ellos. Y los recordaré. Y me sentiré culpable de que estén muertos, por mi causa.

—No —replicó él con suavidad pero con firmeza—. Están muertos por mi causa, Sassenach. Y por causa de su propia maldad. Si hay alguna culpa, que recaiga sobre ellos. O sobre mí.

—Sobre ti sólo no —respondí, con los ojos todavía cerrados. Estaba oscuro, y era un alivio—. Tú eres sangre de mi sangre, hueso de mis huesos. Tú mismo lo has dicho: lo que haces recae sobre mí también.

—Entonces, que tu voto me redima —susurró.
 
*****

 Me hizo ponerme en pie y me acercó hacia él, como un sastre cogiendo un trozo de una seda frágil y pesada; con lentitud, extendiendo bien los dedos, pliegue sobre pliegue. Me llevó por la habitación y me depositó sobre la cama con suma delicadeza, a la luz del vacilante fuego.

 Él había tenido la intención de ser dulce, muy dulce. Lo había planeado con cuidado, preocupándose a cada paso del largo camino a casa. Ella estaba rota; él debía ser astuto, tomarse su tiempo. Ser muy cuidadoso cuando volviera a pegar los pedacitos rotos.

 Y entonces él llegó a ella y descubrió que ella no deseaba nada dulce, ningún cortejo. Deseaba que fuera directo. Brevedad y violencia. Si ella estaba rota, entonces lo cortaría a él con sus bordes afilados, con la misma insensatez de un borracho con una botella hecha añicos.

 Durante un momento, dos momentos, él se debatió, tratando de abrazarla y de besarla con ternura. Ella se retorció como una anguila en sus brazos, luego rodó encima de él, serpenteando y mordiendo.

 Él había pensado que la tranquilizaría —que ambos se tranquilizarían — con el vino. Sabía que ella perdía el control de sí misma cuando bebía; pero ahora no lograba comprender qué era lo que ella estaba reprimiendo, pensó con tristeza, al tiempo que trataba de agarrarla sin hacerle daño.

 Él, más que nadie, debería haberlo sabido. No era miedo o pena o dolor… era furia.

 Ella le arañó la espalda; él sintió el choque de las uñas rotas, y pensó vagamente que eso era bueno: ella peleaba. Ése fue el último de sus pensamientos; luego su propia furia se apoderó de él, furia y una lujuria que recayó sobre él como un trueno negro sobre una montaña, una nube que lo ocultaba todo y que lo ocultaba a él de todo, hasta que la amable familiaridad se perdió y él quedó solo, extraño en la oscuridad.

 La ira hirvió y estalló en sus testículos, y él cabalgó espoleado por ella. Que su relámpago quemara y abrazara todo rastro del intruso en su matriz, y si ambos terminaban ardiendo hasta los huesos y hasta convertirse en cenizas, pues que así fuera.
 
*****

 Cuando recobró el sentido, él yacía con todo su peso encima de ella, aplastándola contra la cama. La respiración se atragantó en sus pulmones con un sollozo; sus manos aferraron los brazos de ella con tanta fuerza que sintió que sus huesos eran ramitas a punto de romperse.

 Se había perdido. No estaba seguro de dónde terminaba su cuerpo. Su mente se sacudió un poco, aterrorizada por la posibilidad de haber perdido para siempre su función. No. Sintió una gota fría y repentina en el hombro, y las partes separadas de él se juntaron de inmediato como bolitas dispersas de azogue, dejándolo tembloroso y consternado.

 Todavía estaba unido a ella. Sintió deseos de huir, pero consiguió moverse lentamente, soltando los dedos uno a uno de los brazos de ella, apartando el cuerpo con suavidad, aunque el esfuerzo le parecía inmenso, como si su peso fuera de lunas y planetas. Casi esperó verla aplastada, sin vida, sobre las sábanas. Pero el elástico arco de sus costillas se elevó, cayó y volvió a elevarse de manera tranquilizadora.

 Le cayó otra gota en la nuca, y él encorvó los hombros, sorprendido.

 Ese movimiento le llamó la atención a ella, que levantó la mirada. Él, alarmado, se encontró con sus ojos. Ella compartía su sorpresa, la sorpresa de dos desconocidos que se encuentran desnudos. Sus ojos se apartaron de los de él y se dirigieron hacia el techo.

—Hay una gotera en el techo —susurró—. Veo una mancha de humedad.

 Él ni siquiera se había dado cuenta de que estaba lloviendo. Sin embargo, la habitación estaba oscura con el resplandor de la lluvia, y se oía un fuerte repiqueteo contra el tejado, un sonido que parecía provenir desde el interior de su sangre, como el pulso del bodhrán en la noche, como el pulso de su corazón en el bosque.

 Él se estremeció y, como no se le ocurría ninguna otra idea, le besó la frente. Los brazos de ella surgieron como un cepo y lo agarraron con ferocidad y él también la aferró, con tanta fuerza que sintió la respiración que salía de sus pulmones, pero incapaz de soltarla. Pensó en lo que había dicho Brianna sobre gigantescos astros que giraban por el espacio, en eso que se llamaba gravedad; ¿y qué había de grave al respecto? En ese momento, se dio cuenta: una fuerza tan grande como para equilibrar en el aire un cuerpo de una inmensidad inconcebible; o hacer que dos de esos cuerpos chocaran entre sí, en una explosión de destrucción y polvo de estrellas.

 Le había hecho moretones; había marcas rojas y oscuras en sus brazos, donde habían estado sus dedos. Se pondrían negras antes del final del día. Las marcas de otros hombres florecían negras y púrpuras, azules y amarillas, borrosos pétalos atrapados bajo la blancura de su piel.

 Él sintió que sus muslos y sus nalgas estaban agotados por el esfuerzo, y tuvo un fuerte calambre que lo hizo soltar un gemido y retorcerse para aflojarlo. Se separaron lentamente y con vacilación.

—¿Cómo te sientes? —preguntó ella en voz baja.

—Fatal —respondió él con total honestidad. Tenía la voz ronca, como si hubiera estado gritando. La boca de ella había vuelto a sangrar; había una mancha roja en su barbilla, y él notó un sabor metálico en su propia boca. Se aclaró la garganta, queriendo apartar la mirada de sus ojos; pasó el pulgar por la mancha de sangre, limpiándola torpemente.

—¿Y tú? —preguntó, y las palabras le rasparon la garganta—. ¿Tú como te sientes?

 Tuvo la sensación de que ella estaba mirando más allá de él, a través de él; pero entonces el foco de su mirada regresó y ella lo miró directamente, por primera vez desde que la había llevado a casa.

—A salvo —susurró, y cerró los ojos. Tomó un largo aliento y su cuerpo se relajó por completo de una vez, cayendo flojo y pesado.

 Él la sostuvo, rodeándola con ambos brazos, como si estuviera salvándola de morir ahogada, pero sintió que se hundía de todas formas. Sintió deseos de gritarle que no se marchara, que no lo dejase solo, añorándola, deseando que estuviera curada, temeroso de su vuelo, e inclinó la cabeza, enterrando la cara en su pelo y en su olor.

 Entonces él gritó sin hacer ruido, con los músculos tensos hasta sentir dolor para que el grito no lo sacudiera, para que ella no se despertara y lo viera y lloró al vacío con una respiración irregular, contra la almohada mojada debajo de su cara. Luego se quedó allí, exhausto más allá de la idea de cansancio, demasiado lejos para dormir, incluso para recordar cómo era eso. Su único consuelo era ese peso pequeño y frágil que yacía cálido sobre su corazón, respirando.

 Entonces las manos de ella se levantaron y descansaron sobre él, las lágrimas se enfriaron en su cara, congelándose, ante la blancura de ella, tan limpia como la nieve muda que cubre los restos calcinados y la sangre y exhala un aliento de paz sobre el mundo.

13 de mayo de 2020

#DailyLine VIENTO Y CENIZA, capítulo 29: Perfectamente (Parte I)

Fuente/Source: Diana Gabaldon



Diana Gabaldon: La serie de televisión, naturalmente, tiene un espacio muy limitado, y hacen un buen trabajo al escoger las partes que van a usar. Sin embargo, muchas cosas ocurrieron en realidad entre Jamie y Claire luego de que él la trajera a casa. Y pensé que tal vez debamos dar una mirada a esa parte de la historia, esta es la parte I de "¿Y luego qué ocurrió?"
Pueden leer la Parte II aquí

Extracto de 'Viento y Ceniza'
©DianaGabaldon2006

Vaciló, luego dio un paso hacia mí, con cuidado, mirándome a los ojos. Yo no grité ni salí corriendo y él dio otro paso, acercándose tanto que pude percibir el calor de su cuerpo. Ya no estaba sobresaltada y tenía un poco de frío con las enaguas húmedas, de modo que me relajé un poco, balanceándome en su dirección, y noté que la tensión de sus propios hombros se relajaba ligeramente al ver mi movimiento.

Me tocó la cara muy suavemente. La sangre palpitaba justo debajo de la superficie, tierna, y tuve que hacer un esfuerzo por no apartarme con un sobresalto de su roce. Él se dio cuenta y retiró la mano un poco, de modo que revoloteó justo por encima de mi piel.

—¿Se curará? —preguntó, mientras las puntas de sus dedos se movían sobre el corte de mi ceja izquierda; luego bajaron por el campo minado de la mejilla y se detuvieron en el rasguño de la mandíbula, donde la bota de Harley Boble había estado cerca de tocar un punto que me hubiera roto el cuello.

—Por supuesto que sí. Ya lo sabes; has visto cosas peores en el campo de batalla.

—Sí, lo sé. —Agachó un poco la cabeza, con timidez—. Es sólo… —Su mano seguía revoloteando por encima de mi cara—. Oh, Dios mío, mo nighean donn —dijo en voz baja—. Oh, Dios mío, tu hermosa cara.

—¿No puedes soportar mirarla? —pregunté, apartando mi propia mirada.

Sus dedos tocaron mi mentón, con suavidad pero con firmeza, y lo levantaron, de modo que tuve que volver a mirarlo. Su boca se apretó un poco mientras su mirada recorría lentamente mi cara maltrecha, haciendo un inventario de los daños. Tenía los ojos suaves y oscuros a la luz de la vela, con los rabillos tensos de dolor.

—No —dijo en voz baja—. No puedo soportarlo. Mirarte me desgarra el corazón. Y me llena de una furia tal que creo que debo matar a alguien o estallaré. Pero por el Dios que te ha creado, Sassenach, no voy a yacer contigo si no puedo mirarte a la cara.

—¿Yacer conmigo? —dije sin entender—. ¿Qué…? ¿Quieres decir, ahora?

Su mano se apartó de mi mentón, pero él me miró con firmeza.

—Bueno… sí. Ahora.

Si no hubiese tenido la mandíbula tan hinchada, la boca se me habría abierto del asombro.

—Ah… ¿Por qué?

—¿Por qué? —repitió él. Entonces bajó la mirada como hacía cuando se sentía avergonzado o turbado—. Yo… bueno… me parece… necesario.

—¿Necesario? ¿Crees que es como si me hubiera caído del caballo y que ahora tengo que volver a montar en él?

—No —respondió apretando los dientes. Tragó saliva con fuerza—. ¿Estás… estás muy mal, entonces?

Lo miré fijamente a través de mis párpados hinchados.

—¿Es eso acaso una especie de broma…? —dije cuando por fin me di cuenta de a qué se refería. Respiré hondo para estar segura de que podía hablar sin vacilar—: Me han molido a palos, Jamie, y han abusado de mí de varias maneras desagradables. Pero sólo uno… hubo sólo uno que realmente… Él… él no fue… rudo.

Tragué saliva, pero el duro nudo de mi garganta no cedió. Las lágrimas hicieron que la luz de la vela se viera más borrosa, y no alcanzaba a verle la cara. Aparté los ojos, parpadeando.

—¡No! —añadí, en un tono bastante más alto del que quería—. No estoy… mal.

Él dijo algo en gaélico breve y explosivo entre dientes, y se apartó de la mesa. Su banqueta cayó al suelo con un fuerte ruido, y él la pateó. Luego volvió a patearla, una y otra vez, y la pisó con tanta violencia que algunos pedacitos de madera salieron volando por la cocina.

Me senté, demasiado sorprendida y aturdida como para angustiarme.

¿No debería habérselo dicho?, me pregunté vagamente. Pero él lo sabía, sin duda. Cuando me encontró me lo preguntó: «¿Cuántos?», dijo. Y después: «Matadlos a todos.»

Pero… saber algo era una cosa, y conocer los detalles otra muy distinta. Yo lo sabía, y lo observé con un extraño sentimiento de culpa mientras él pateaba las astillas de la banqueta y corría hacia la ventana. Estaba cerrada, pero Jamie se quedó quieto, con las manos sobre el alféizar, dándome la espalda con los hombros levantados. No pude ver si estaba llorando.

Se estaba levantando viento; una pequeña borrasca venía del oeste. Los postigos se agitaron y el fuego sofocado por la noche expulsó nubecillas de hollín cuando el viento bajó por la chimenea. Luego la ventisca amainó y no se oyó más sonido que el pequeño y repentino ¡crack! de una brasa en la chimenea.

—Lo lamento —dije por fin en voz baja.

Jamie giró sobre sus talones y me miró con furia. No estaba llorando, pero había estado haciéndolo; tenía las mejillas mojadas.

—¡No te atrevas a lamentarlo! —rugió—. ¡No pienso aceptarlo! ¿Me oyes? —Dio un paso de gigante hacia la mesa y descargó el puño sobre la madera—. ¡No lo lamentes!

—De acuerdo —dije. Había vuelto a sentirme terriblemente exhausta, y muy cerca de llorar yo también—. No lo haré.

Luego se produjo un silencio tenso. Oí las castañas que caían en el bosquecillo detrás de la casa, desplazadas por el viento. Entonces Jamie respiró hondo, estremeciéndose, y se limpió la cara con la manga.

Puse los codos sobre la mesa y apoyé la cabeza en las manos.

—Necesario —dije, más calmada—. ¿A qué te referías con necesario?

—¿No se te ha ocurrido que podrías estar embarazada?

Levanté la vista, alarmada.

—No lo estoy. —Pero mis manos bajaron de modo reflejo hacia mi vientre—. No lo estoy. No puedo estarlo.

Aunque sí podía… había una posibilidad. Era muy remota, pero existía. Por lo general, yo utilizaba algún método anticonceptivo para estar segura… pero evidentemente…

—No lo estoy —insistí—. Lo sabría.

Él se limitó a mirarme con las cejas enarcadas. En realidad, no podía saberlo, era demasiado pronto. Demasiado pronto… Lo bastante pronto como para que si realmente lo estuviera, y hubiera más de un hombre… habría dudas. El beneficio de la duda, eso era lo que me estaba ofreciendo, a mí y a sí mismo.

Un profundo estremecimiento dio comienzo en las profundidades de mi matriz y se extendió instantáneamente hacia el resto de mi cuerpo, poniéndome la carne de gallina a pesar del calor que hacía en la habitación.

«Martha», había susurrado aquel hombre, cuyo peso me apretaba contra las hojas.

—Mierda, mierda —dije en voz muy baja. Extendí las manos sobre la mesa, tratando de pensar.

«Martha.» Y su olor rancio, la carnosa presión de los muslos húmedos y desnudos, raspándome con el pelo…

—¡No!

—Es posible… —comenzó a decir Jamie, tozudo.

—No lo estoy. Pero incluso si… no puedes, Jamie.

Él me miró y yo percibí un brillo de temor en sus ojos. Eso, me di cuenta con una sacudida, era exactamente lo que él temía. O una de las cosas.

—Quiero decir, no podemos —añadí rápidamente—. Estoy casi segura de que no estoy embarazada… Pero no estoy para nada segura de no haber estado expuesta a alguna enfermedad repugnante. —Aquello era otra cosa en la que no había pensado hasta ese momento, y la carne de gallina regresó con toda su fuerza. Un embarazo era poco probable; la gonorrea o la sífilis, no—. No podemos. Al menos, hasta que nos apliquemos penicilina.

Empecé a levantarme del asiento incluso antes de terminar de hablar.

—¿Adónde vas? —preguntó él, sorprendido.

—¡A la consulta!

El pasillo estaba oscuro, pero eso no me detuvo. Abrí de un golpe la puerta del armario y comencé a tantear apresuradamente. Una luz cayó sobre mi hombro, iluminando la resplandeciente fila de botellas. Jamie había prendido una vela y me había seguido.

—En nombre de Dios, ¿qué estás haciendo, Sassenach?

—Penicilina —dije, cogiendo uno de los frascos y la bolsa de cuero donde guardaba mis jeringas de colmillos de serpiente.

—¿Ahora?

—¡Sí, ahora, maldita sea! Enciende la vela, ¿quieres?

Lo hizo, y la luz vaciló y creció hasta convertirse en una esfera cálida y amarilla que se reflejaba en los tubos de cuero de mis jeringas de fabricación casera. Por suerte, tenía una cantidad suficiente de penicilina para preparar. El líquido en el frasco era rosado; muchas de las colonias de Penicillium de esa partida estaban cultivadas en vino rancio.

—¿Estás segura de que dará resultado? —preguntó Jamie.

—No —respondí con los labios apretados—. Pero es lo que hay. —La visión de espiroquetas multiplicándose en silencio en mi torrente sanguíneo, segundo a segundo, me hizo temblar la mano. Reprimí el temor de que la penicilina fuera defectuosa. Había obrado milagros en graves infecciones superficiales. No había razón alguna por la que…

—Déjame hacerlo, Sassenach.

Jamie me quitó la jeringa de la mano; mis dedos estaban resbaladizos y torpes. Los suyos estaban firmes, su rostro sereno a la luz de la vela cuando llenó la jeringa.

—Pónmela a mí primero —dijo, entregándomela.

—¿Que… tú? Pero tú no necesitas… Quiero decir… tú odias las inyecciones —terminé débilmente.

—Escucha, Sassenach, si quiero combatir mis propios temores y los tuyos, y sí que lo quiero, entonces no voy a amilanarme por unos pinchazos, ¿no crees? ¡Hazlo! —Se puso de lado y se inclinó hacia adelante. Apoyó un codo sobre la mesa y se levantó el costado del kilt, dejando al descubierto una musculosa nalga.

No estaba segura de si echarme a reír o llorar. Podría haber seguido discutiendo con él, pero cuando lo vi ahí con el culo al aire y testarudo como una mula, decidí que sería inútil.

Sintiéndome repentina y extrañamente calmada, levanté la jeringa y la apreté con suavidad para quitar cualquier burbuja de aire.

—Muévete un poco —dije, codeándolo groseramente—. Relaja esta parte; no quiero que se rompa la aguja.

Él inspiró con un siseo; la aguja era gruesa, y había bastante alcohol producto del vino como para que le ardiera mucho, como descubrí un minuto más tarde cuando recibí mi propia inyección.

—¡Ay! ¡Uy! ¡Oh, Jesús H. Roosevelt Cristo! —exclamé, apretando los dientes mientras retiraba la aguja de mi muslo—. ¡Dios, cómo duele!

Jamie me dedicó una sonrisa torcida, sin dejar de frotarse el trasero.

—Sí, bueno. El resto no será peor que esto, espero.

El resto… De pronto me sentí hueca y mareada.

—¿Tú… estás seguro? —pregunté, dejando la jeringa sobre la mesa.

—No —dijo—. No lo estoy. Pero quiero intentarlo. Debo hacerlo.

Yo me alisé el camisón de lino por encima del muslo pinchado, mirándolo mientras lo hacía. Él había arrojado todas sus máscaras mucho tiempo antes; la duda, la furia y el temor estaban presentes, grabados visiblemente en las desesperadas líneas de su rostro.

Algo suave me rozó la pierna y bajé la mirada para ver que Adso me había traído un ratón muerto. Empecé a sonreír, sentí cosquillas en el labio, y entonces miré a Jamie y dejé que el labio se partiera cuando sonreí. El gusto de la sangre caliente cayó sobre mi lengua.

—Bueno… Has corrido siempre que te he necesitado; supongo que esta vez también te correrás.

Por un instante, Jamie me miró con una expresión de total desconcierto, sin captar el chiste tonto. Hasta que por fin lo entendió y la sangre le inundó la cara.

Creí que se había vuelto para ocultar el rostro, pero en realidad sólo lo había hecho para revisar el armario. Encontró lo que buscaba y volvió a darse la vuelta con una botella de mi mejor moscatel en la mano, que brillaba oscuramente. La sostuvo entre el codo y el cuerpo y luego cogió otra.

—Sí, lo haré —dijo, tendiendo su mano libre hacia mí—. Pero si crees que alguno de nosotros lo hará estando sobrio, Sassenach, estás muy equivocada.
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24 de mayo de 2016

Preguntas Frecuentes | Viento y Ceniza | Diana Gabaldon | SPOILERS

Viento y Ceniza. Epílogo I
©DianaGabaldon


—Justo a tiempo —dijo Brianna, algo nerviosa, cuando él avanzó por el sendero con una sonrisa y una caja grande bajo el brazo. Todavía le asombraba verlo con el pelo corto—. Diez minutos más, y habría matado a alguien, estoy segura. Tal vez a Fiona, para empezar.

—Oh, ¿sí? —Él se agachó y la besó con particular entusiasmo, lo que indicaba que no había oído lo que ella acababa de decir—. Traigo algo.

—Ya veo. ¿Qué…?

—No tengo la menor idea.

La caja que depositó sobre la antigua mesa del comedor era de madera, también; un cofre de buen tamaño hecho de cedro, oscurecido por los años, el hollín y los malos tratos, pero su buena factura seguía siendo evidente. Los acabados eran de gran belleza, las bisagras estaban perfectamente encajadas, y tenía una cubierta deslizante… que no se deslizaba, porque en algún momento la habían sellado con una gruesa capa de cera de abeja derretida, que se había ennegrecido con los años.
Lo más sorprendente de todo, sin embargo, era la tapa. Había un nombre grabado a fuego en la madera: Jeremiah Alexander Ian Fraser MacKenzie.

Brianna sintió un nudo en la parte inferior del estómago al verlo, y alzó la mirada hacia Roger, que estaba tenso y reprimiendo un sentimiento; ella podía captar sus vibraciones.

—¿Qué? —susurró—. ¿Quién es ése?

Roger meneó la cabeza, y sacó un sobre mugriento del bolsillo.

—Esto estaba pegado con cinta adhesiva a un lado. Es la letra del reverendo, una de las pequeñas notas que a veces les ponía a algunas cosas para explicar su significado, por si acaso. Pero no podría decir que esto sea una explicación, exactamente.
La nota era breve, y sólo informaba de que la caja procedía de un banco de Edimburgo que ya no existía. Había instrucciones junto a la caja que declaraban que no debía ser abierta salvo por la persona cuyo nombre estaba inscrito en ella. Las instrucciones originales habían desaparecido, pero fueron transmitidas verbalmente por la persona de quien el reverendo había obtenido la caja.

—¿Y quién era? —preguntó ella.

—Ni idea. ¿Tienes un cuchillo?

—¿Si tengo un cuchillo? —murmuró ella, rebuscando en el bolsillo de sus vaqueros—. ¿Alguna vez no tengo un cuchillo?

—Era una pregunta retórica —dijo Roger, besándole la mano y cogiendo la navaja roja y brillante Swiss Army que ella le ofreció.

La cera de abeja se agrietó y se abrió fácilmente, pero la tapa de la caja no estaba dispuesta a rendirse después de tantos años. Fue necesario que los dos se empeñaran hasta que, por fin, se liberó con un pequeño chirrido.
El fantasma de un aroma salió flotando; algo indistinguible, pero de un origen vegetal.

—Mamá —dijo ella involuntariamente.

Roger la miró, alarmado, pero ella le indicó con un gesto apremiante que continuara. Él hurgó con cuidado dentro de la caja y sacó su contenido: una pila de cartas, dobladas y selladas con lacre, dos libros… y una pequeña víbora hecha de madera de cerezo, muy pulida por tenerla en las manos durante mucho tiempo.
Brianna dejó escapar un sonido pequeño e inarticulado, cogió la primera carta y la apretó contra su pecho con tanta fuerza que el papel crujió y el sello de lacre se partió y cayó. Un papel grueso y blando, cuyas fibras exhibían las difusas manchas de lo que alguna vez habían sido flores.
Las lágrimas le surcaban el rostro y Roger estaba diciendo algo, pero ella no prestó atención a sus palabras; los niños estaban armando un escándalo terrible arriba, los albañiles seguían discutiendo fuera, y lo único en el mundo que ella podía ver eran las palabras desdibujadas en la página, escritas con una letra alargada y dificultosa.

31 de diciembre de 1776

Querida hija:

Como verás, si alguna vez recibes esto, estamos vivos…


Ante numerosas preguntas de los seguidores de los libros sobre la reacción de  Brianna, al leer en la caja el nombre de su hijo, la autora Diana Gabaldon contestó en Compuserve:

«La gente continúa preguntando esto. Y no entiendo la razón.

POR SUPUESTO que reconoce el nombre de su hijo. En una caja que es claramente muy antigua, y que ella nunca ha visto antes.

Entonces, tu esposo llega a casa con, digamos, una bandeja antigua, y cuando la volteas, ves que tiene escrito un nombre que es idéntico al tuyo. Y exclamas de manera inmediata: "¡Hey, esa soy yo!"?? No, dices : "Guau, eso es muy raro. Me pregunto ¿QUIÉN SERÁ?

Y eso es exactamente lo que hizo Brianna. Es una reacción normal. Eso es todo.

Caramba.»