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8 de julio de 2020

#DailyLine (ADELANTO) Libro 9. Recordando porqué somos libres

Fuente/Source: Diana Gabaldon



#DailyLines #Veydilealasabejasquepartí #Libro9 #noestáterminadotodavía #casi #mientrastanto #FelizDíadelaIndependencia #Recordandoporquésomoslibres

"Ese es el Coronel Marion, reverendo," dijo su escolta señalando. "Cuando haya terminado sus asuntos con él, uno de sus hombres le traerá de vuelta al teniente del General Lincoln." El hombre se giró para irse pero en ese momento se giró y añadió una advertencia. "No se pasee solo, reverendo. No es seguro. Y tampoco intente abandonar el campamento. Los piquetes recibieron órdenes de disparar a cualquier hombre que trate de irse sin un pase del General Lincoln."

"No," dijo Roger. "No lo haré." Pero el cabo no esperó su respuesta; se apresuraba por regresar al cuerpo principal del campamento, con las botas crujiendo sobre el suelo de conchas de ostras.

Estaba cerca- más cerca de lo que había pensado. Podía sentir todo el campamento bullendo, una sensación de energía eléctrica, hombres preparándose. Pero seguramente era demasiado temprano para...

Después caminó entre la alta puerta de piedra del cementerio, con su dintel decorado con la Estrella de David, y vio al que debía de ser el Teniente Coronel Francis Marion, con el sombrero en la mano y un abrigo azul sobre sus hombros, envuelto en una conversación con tres o cuatro oficiales.

La desafortunada palabra que surgió en la mente de Roger fue "marioneta." Francis Marion era lo que Jamie podría llamar un hombre pequeño, no medía más de metro y medio por la estimación de Roger, flaco y huesudo con una prominente nariz francesa.

Su aspecto era más llamativo gracias a su peinado, con finos mechones de cabello peinados con cuidado sobre su calva y dos mechones más gruesos en cada lado de su cabeza, como orejeras. A Roger le ardía la curiosidad por saber cómo eran sus orejas para llevar ese tipo de disfraz, pero se deshizo de ella a base de fuerza de voluntad, y esperó pacientemente a que el Teniente coronel terminara.


Cazadores, había dicho el cabo. Tropas francesas, entonces, y lo parecían, muy pulcros en sus abrigos azules y verdes y pequeños ropajes blancos, y alegres penachos de plumas amarillas que salían de la parte frontal de sus sombreros como las bengalas del 4 de Julio. Indudablemente hablaban en francés, algunos de ellos todos a la vez.

Por otro lado... eran negros, lo que no se había esperado en absoluto.

Marion levantó una mano y casi todos dejaron de hablar, aunque se revolvieron en un aire general de impaciencia. Se inclinó hacia delante para hablar a la cara de un oficial que le sacaba varios centímetros, y los demás dejaron de moverse y se pararon a escuchar.

Roger no podía escuchar lo que decían, pero era fuertemente consciente de la actual corriente eléctrica que discurría en el grupo- la misma corriente que recorría el campamento, pero más fuerte.

-Dios todopoderoso, se están preparando para luchar. Ahora-

Nunca había estado en un campo de batalla, pero había recorrido algunos con su padre. El Reverendo Wakefield había sido un entusiasta historiador bélico, y un gran contador de historias; había sido capaz de evocar la sensación de pelea confusa y la lucha encarnizada del campo abierto en Sheriffmuir, y la sensación de fatalidad y matanza de la tierra encantada de Culloden.

Roger estaba sintiendo casi lo mismo, elevándose de la tranquila tierra del cementerio a través de su cuerpo, y cerró el puño, sintiendo la necesidad urgente de tener un arma en su mano.


[Excerpt from GO TELL THE BEES THAT I AM GONE, Copyright 2020 Diana Gabaldon. Many thanks to Mikaela Granstrom for the magnificent bee photo!]



24 de junio de 2020

#DailyLine (ADELANTO) Libro 9. Postres

Fuente/Source: Diana Gabaldon 

 


#DailyLines #VeYDileALasAbejasQuePartí #Libro9 #Vabien #símihombroestámejor #graciasporpreguntar #noestáterminadotodavía #osinformarécuandoloesté

La cena era sencilla, porque no se había quedado nadie en casa para cocinar durante el día. Por la mañana había elaborado una gran sopera de crema de maíz con cebollas, tocino y patatas en rodajas para rellenarla, y después de una exhaustiva revisión del fuego y las brasas, había cubierto el caldero y lo dejé hervir a fuego lento, junto con una plegaria a la casa para que no se prendiera en nuestra ausencia. Había pan del día anterior, y cuatro pasteles de manzana fríos para pudding con un poco de queso.
"No es un pudding," dijo Mandy frunciendo el ceño cuando me escuchó. "!Es una tarta!"

"Es verdad cariño," dije. "Es solo una manera británica de hablar, llamar pudding a todos los postres."

"¿Por qué?"

"Porque los ingleses no tienen ni idea," le dijo Jamie.

"Lo dice un escocés que toma cuajada de postre," contesté haciendo que Jem y Mandy se partieran de risa repitiendo "cuajada" sin parar.

Germain, que había tomado cuajada de postre desde que nació, sacudió la cabeza y miró a Fanny con condescendencia. Fanny que no había probado nada más allá del pastel en la línea de los postres parecía confundida.

"En cualquier caso," dije sirviendo la crema en los cuencos. "Trae el pan, Jem. En cualquier caso," repetí, "es agradable poder sentarse a cenar, ¿verdad? ha sido un día largo," añadí sonriendo a Roger y luego a Rachel.

"Fue maravilloso, Roger" dijo Rachel sonriendo. "No había escuchado ese canto antes. ¿Y tú, Ian?"

"Sí, había una pequeña iglesia presbiteriana en Skye donde me detuve una vez con mi padre cuando fuimos a comprar una oveja. No había nada más que hacer en Skye en Domino," nos explicó.

"Me resulta familiar," comenté sacando de su molde una gran cantidad de mantequilla fría. "Ese tipo de música, quiero decir, no Skye, pero no recuerdo de qué."

Roger sonrió ligeramente. No podía casi emitir un susurro pero la felicidad se iluminaba en sus ojos.

"Esclavos africanos," dijo apenas audible. "Ellos la hacen. Pregunta y respuesta. Lo llaman a veces. ¿Quizás la escuchaste en.... River Run?"

"Oh. Sí, quizás," dije un poco dubitativa. "Pero me parece más... ¿reciente?" Una elevación de su oscura ceja me indicó que captó el significado de "reciente".

"Sí." Cogió su cerveza y tomó un trago largo. "Sí. Cantantes negros, y luego otros... lo tomaron. Es una de las..." Miró a Fanny y luego a Rachel. "Una de las raíces que ves en... la música moderna."

Rock and roll, imaginé que quería decir, o posiblemente rhythm and blues- no era una experta en música.

"Hablando de música, Rachel, tienes una voz preciosa," dijo Bree inclinándose en la mesa para poner un trozo de pan bajo la nariz de Oggy.

"Gracias Brianna," dijo Rachel y se rió. "Como un perro." Tomó el pan y permitió a Oggy que lo aplastara en su puño, él prefería atacar la comida antes de comerla. "Fue agradable que tanta gente decidiera compartir nuestra reunión- aunque supongo que era más por curiosidad. Ahora que saben la terrible verdad sobre los Amigos, seguramente no volverán de nuevo."

"¿Cuál es la terrible verdad sobre los Amigos, tía Rachel?" preguntó Germain fascinado.

"Que son aburridos," le contestó Rachel "¿no te diste cuenta?"





11 de junio de 2020

#DailyLine (ADELANTO) Libro 9. Fricción Histórica

Fuente/Source: Diana Gabaldon 

 


#DailyLines #VeYDileALasAbejasQuePartí #Libro #VaRealmenteBien #GraciasPorPreguntar #OsLoDiréCuandoEstéTerminado #FricciónHistórica


"Fricción Histórica," dijo ella. "Hay todo tipo de cosas-Ideas, máquinas, herramientas, o lo que sea- ...quiero decir que descubrí más de una. Mamá decía que la aguja hipodérmica fue inventada de manera independiente por al menos tres personas diferentes, todas alrededor de la misma época, en diferentes países. Pero otras cosas son inventadas o descubiertas y simplemente......se quedan ahí. Nadie las usa. O se pierden y luego se encuentran de nuevo. Durante años- siglos en ocasiones- hasta que algo sucede, y de repente es el momento adecuado o lo que sea que suceda que de repente sale a la luz, se extiende y es conocido por todo el mundo.

"Además," agregó de forma práctica empujando la bolsa con su pie, ¿qué daño podría hacer perder una versión falsa de El gato en el sombrero en el siglo dieciocho?"

Él se rió a pesar de su inquietud.

"Nadie la publicaría. ¿Una historia que enseña a los niños a ser deliberadamente desobedientes con sus madres? ¿Y no sufrir las nefasta consecuencias  por hacerlo?"

"Como dije. No es el tiempo adecuado para un libro como ese," dijo ella. "No..... pegaría." Ya había superado por completo el colapso emocional, o eso parecía. Su pelo largo suelto a lo largo de su espalda, el rostro animado pero no preocupado, sus ojos en el camino y los caballos girando la cabeza.

"Y tengo a Jane," dijo señalando la bolsa con la cabeza bajando la voz. "Hablando de consecuencias nefastas, pobre chica."

"Ja- oh ¿la hermana de Fanny?" recordó el dibujo, un apresurado dibujo a lápiz en papel basto.

"Le prometí a Fanny que dibujaría a Jane," dijo Bree y frunció el ceño un poco. "Hacerla más permanente. No pude persuadir a Fanny de que me diera su dibujo, pero me dejó que lo copiara, por lo que tendría algo sobre lo que trabajar."

"Pobre chica. Chicas, debería decir." Claire le había contado a Brianna, después del alboroto cuando Fanny empezó con su período, lo que le había pasado a Jane, y Bree se lo había contado a él. 

"Sí. Y pobre Willie, también. No sé si estaba enamorado de Jane, o solamente se sentía responsable de ella, pero mamá me contó que había asistido a su funeral luciendo horriblemente con ese enorme caballo. Él le dio el caballo a papá, para Fanny- él acababa de entregarle a Fanny, para que la cuidara- y luego simplemente.....se marchó. No han tenido noticias de él desde entonces."

Roger asintió, pero no había mucho más que decir. Había coincidido con  William, el noveno Conde Ellesmere, una vez muchos años antes, durante apenas tres minutos, en un muelle de Wilmington. 
Un adolescente por aquel entonces alto y delgado como un rail- y con un fuerte parecido a Bree, aunque él tenía el pelo más oscuro- pero con mucha más seguridad en sí mismo y porte de lo que habría esperado de alguien a aquella edad. Supuso que era uno de los requisitos de nacer (al menos teóricamente) en la aristocracia hereditaria. Realmente debes pensar que el mundo- o buena parte de él- te pertenece.

"¿Sabes dónde fue enterrada? ¿Jane?" preguntó él, pero ella sacudió la cabeza.

"En un cementerio privado a las afueras de la ciudad, es todo. ¿Por qué?"

Él elevó un poco un hombro.

"Pensé que quizás podría presentar mis respetos. Y podría contar a Fanny que fui y dije una plegaria por su hermana."

Ella le miró con ternura. 

"Es realmente una buena idea. Te diré lo que haré; le preguntaré a Lord John dónde está- mamá dijo que él se había encargado de que Jane fuera enterrada, por lo que él lo sabrá. Luego podremos ir juntos. ¿Crees que le gustaría a Fanny que hiciera un dibujo de su tumba? ¿O sería demasiado....desagradable?"

"Creo que a ella le gustaría?" Tocó su hombro, luego le quitó el pelo de la cara y lo ató con su pañuelo. "No tendrás nada comestible en la bolsa, ¿verdad?"

Gracias a Jo Graham por esta adorable abeja.








25 de mayo de 2020

#DailyLines (ADELANTO) Libro 9: Memorial Day

Fuente (Source): Diana Gabaldon



No era Dios quien estaba con él, pero alguien casi igual de bueno: el recuerdo del Comandante Gareth Everett, uno de los amigos de su padre, un ex capellán militar. Everett era un hombre alto, de rostro alargado, que peinaba su cabello encanecido con raya en medio, de forma que le hacía parecer un viejo perro sabueso, pero tenía un sentido del humor muy negro, y había tratado a Roger, que entonces tenía trece años, como un hombre adulto. 

-¿Mató a alguien alguna vez?- le había preguntado al comandante cuando estaban sentados a la mesa una noche después de cenar, mientras el viejo contaba historias de la Gran Guerra.

-Sí -contestó el comandante sin dudarlo- muerto no habría sido de gran utilidad para mis hombres...

-¿Qué hizo por ellos? -preguntó Roger, curioso-. Quiero decir...¿qué es lo que hace un capellán, en una batalla?

El Comandante Everett y el Reverendo habían intercambiado una breve mirada, pero el Reverendo asintió con la cabeza y Everett se inclinó hacia adelante, con los brazos cruzados. Roger vio el tatuaje en su muñeca, una especie de pájaro, con las alas desplegadas sobre una voluta con un texto escrito en latín. 

-Estar con ellos -dijo el comandante suavemente, aunque le mantenía a Roger la mirada, profundamente seria-. Darles seguridad. Decirles que Dios está con ellos. Que yo estoy con ellos. Que no están solos. 

-Ayudarles cuando puedes -había dicho su padre, en voz baja, con los ojos fijos en el gastado hule gris que cubría la mesa de la cocina-. Cogerles la mano y rezar, cuando no puedes.

Vio -lo vio de verdad- la explosión de un cañón. Una chispa brillante, roja, del tamaño de su cabeza, que brilló en la niebla con un ¡BOOOM! como si fueran fuegos artificiales, y que luego se desvaneció. La niebla se disipó y lo percibió todo claramente durante un segundo, no más: el negro armatoste del cañón, con la boca redonda abierta... el humo más denso que la niebla rodeándolo, cayendo al suelo como si fuera agua... el vapor que subía del caliente metal para unirse a la niebla que formaba una espiral... los artilleros rodeando el cañón, como frenéticas hormigas azules, tragadas en un instante por el blanco remolino.

Y entonces el mundo a su alrededor se volvió loco. Los gritos de los oficiales habían coincidido con la explosión del cañón; lo sabía solo porque estaba lo suficientemente cerca del general como para ver que abría la boca. Pero ahora un rugido surgió de las gargantas de todos los hombres que atacaban en su columna, corriendo como si se los llevara el diablo hacia la silueta borrosa de la fortificación que se erguía ante ellos. 

Llevaba la espada en la mano, y corría, gritando sin palabras.

Las antorchas brillaban tenues en la niebla; pensó que los soldados estaban intentando volver a prender fuego al parapeto hecho con troncos de árbol. Se escuchó una especie de grito agudo que pudo proceder del general, pero quizá no. 

El cañón ¿cuántos? No podría decirlo, pero más de dos; los disparos se seguían produciendo a un ritmo tremendo, y el ruido le sacudía los huesos cada medio minuto más o menos. 

Se obligó a parar, se inclinó hacia delante, con las manos en las rodillas, cogiendo aire. Creyó oír fuego de mosquete, disparos amortiguados, rítmicos, entre las explosiones de los cañones. Las disciplinadas descargas del ejército británico.

-¡Carguen!

-¡Fuego!

-¡Retroceda!- los gritos de un oficial se escucharon de repente en el único latido de silencio que se producía entre una explosión y la siguiente. 

-Usted no es un soldado. Si le matan...no quedará nadie aquí para ayudarles. ¡Retroceda, idiota!

Hasta entonces había estado al final de la fila. Pero ahora estaba rodeado de hombres, todos apelotonados, empujándose, corriendo en todas direcciones. Recibían órdenes a gritos, y pensó que algunos de ellos estaban verdaderamente intentando obedecerlas; escuchó gritos aquí y allá, vio a un muchacho negro, que no podía tener más de doce años, intentando cargar un mosquete más alto que él. Llevaba un uniforme azul oscuro, y un pañuelo amarillo chillón le asomaba por el cuello, algo que pudo ver cuando la neblina se retiró un instante.

Tropezó con alguien que estaba tirado en el suelo y aterrizó de rodillas. El agua medio salada le caló los pantalones. Había caído con las manos sobre el cuerpo del hombre abatido, y la súbita calidez que sintió en sus fríos dedos fue un shock que le devolvió la consciencia. 

El hombre gimió y Roger retiró inmediatamente las manos, recobró la compostura y buscó a ciegas la mano del hombre. Pero esa mano ya no existía, y su propia mano estaba llena de sangre caliente que hedía como un matadero. 

-¡Dios mío!- dijo. Y limpiándose la mano en los pantalones, rebuscó con la otra en su bolsa. Tenía trapos... sacó como pudo algo blanco e intentó atarlo alrededor de... buscó frenéticamente una muñeca, pero tampoco la había. Encontró un fragmento de manga y tanteó hacia arriba tan rápido como pudo, pero alcanzó la parte superior del brazo del hombre un instante después de que éste muriera. Pudo sentir la flacidez repentina del cuerpo bajo su mano. 

Todavía estaba de rodillas allí con el trapo sin usar en la mano cuando alguien se tropezó con él y cayó de cabeza haciendo que el agua les salpicara. Roger se puso de pie y caminó como un pato hasta el hombre caído. 

-¿Estás bien?- gritó, inclinándose hacia adelante. Algo pasó silbando por encima de su cabeza y se tiró encima del hombre, lo más pegado a él que pudo. 

-¡La madre que te parió! -exclamó el hombre, dando puñetazos incontroladamente a Roger- ¡quítate ahora mismo de encima de mí, cabrón!

Durante un momento se batieron en el barro y en el agua, intentando al mismo tiempo utilizarse el uno al otro como apoyo para poder incorporarse, y el cañón siguió disparando. Roger empujó al hombre y se las arregló para ponerse de rodillas en el barro. Desde detrás de él se oían gritos pidiendo ayuda, y se dió la vuelta en esa dirección. 

La niebla se había ya casi disipado, ahuyentada por las explosiones, pero el humo de los cañones caracoleaba blanco y a nivel del suelo desnivelado, mostrándole breves visiones de color y movimiento al deshacerse. 

-¡Ayúdenme, ayúdenme!

Entonces vio al hombre, a gatas, arrastrando una pierna, y corrió a través de los charcos para alcanzarle. No había mucha sangre, pero la pierna estaba claramente herida; le metió el hombro bajo el brazo y le puso de pie, apartándole lo más rápidamente posible de la fortificación, fuera de tiro...

El aire se sacudió otra vez y pareció como si la tierra se inclinara bajo sus pies. Se encontró en el suelo con el hombre al que había estado ayudando encima de él. Le había desaparecido la mandíbula, en el pecho se desparramaban sus dientes y la casaca del uniforme absorbía la sangre caliente. Aterrado, luchó por salir de debajo del cuerpo, que todavía sufría sacudidas -¡Oh Dios mío, Oh Dios mío, todavía estaba vivo- y se arrodilló a su lado, escurriéndose en el barro, apoyándose para no caer con la mano en el pecho del herido, donde podía sentir el corazón latiéndole al mismo ritmo de la sangre que le salía a borbotones. ¡Oh, Dios, ayúdame!

Buscó frenéticamente alguna palabra. No encontró ninguna. Todas las palabras de consuelo que había aprendido, todo lo que constituía su oficio...

-No estás solo -dijo,  jadeando, presionando fuertemente en el pecho que luchaba por conseguir aire, como si pudiera anclar al hombre a la tierra en la que se estaba disolviendo- Estoy aquí. No voy a dejarte. Todo va a ir bien. Vas a estar bien. 


24 de mayo de 2020

#DailyLine (ADELANTO) Libro 9. Marineros.

Fuente/Source: Diana Gabaldon


Escuchaba a medias el canto proveniente de la cocina mientras molía salvia, consuelda y sello de oro a una pasta polvorienta y aceitosa en la consulta. Era el crepúsculo, y si bien el sol caía cálido sobre las tablas del piso, las sombras eran frías. 

El teniente Bembridge le estaba enseñando a Fanny la letra de "Verdes crecen los juncos". Su voz era la de un tenor, verdadero y claro, que hizo que Bluebell lanzara un canto a la tirolesa cuando él tocaba una nota alta, pero yo lo disfrutaba. Me recordaba a cuando trabajaba en el hospital Pembroke, enrrollando vendas y preparando los kits quirúrgicos con las otras estudiantes de enfermería, mientras la melodía se filtraba con la niebla amarilla a través de la delgada ranura de la ventana abierta. En la parte baja había un patio y los pacientes ambulatorios se sentaban allí cuando el tiempo estaba bueno -o no tanto- a fumar, cantar y conversar para pasar el tiempo.

"Dos, dos, los niños blancos como un lirio,
Vestidos todos de verde, O-
Uno es uno y está solo
¡Y siempre será así!"

En 1940, la canción, amortiguada por la niebla, era a menudo interrumpida por toses y maldiciones roncas, pero siempre había alguien que lograba llegar al final de ella.

Los tenientes Bembridge y Esterhazy tenían diechiocho y diecinueve años, respectivamente, vigorosos y con buen estado de salud, y con la alegre ayuda de Bluebell habían logrado hacer tanto ruido que no alcancé a oír la puerta abrirse, ni los pasos en el pasillo, y me sorprendí tanto cuando dejé de mirar mi mortero y vi a Jamie en la puerta, que dejé que la maneta de piedra cayera directamente sobre mi pie.

"¡Au! ¡Por los clavos de Cristo!" Salté con un solo pie de detrás de la mesa y Jamie me atajó con un brazo.

"¿Estás bien, Sassenach?"

"¿Te parece que estoy bien? Me he roto un metatarsiano."

"Te compraré uno nuevo la próxima vez que vaya a Salisbury", me aseguró, soltándome el codo. "Mientras tanto, tengo todo en la lista, excepto... ¿Por qué hay ingleses cantando en mi cocina?"

"Oh. Eh, bueno..." No era que no hubiera pensado en su respuesta a dos oficiales navales de Su Majestad echando una mano a la economía doméstica, pero pensé que tendría tiempo de explicarle antes de que él se encontrara con ellos. Apoyé mi trasero contra el borde de la mesa, levantando del piso mi pie herido.

"Son dos jóvenes tenientes que solían navegar con el Capitán Cunningham. Fueron dejados en tierra, o abandonados, o algo así -de todas maneras, han perdido su barco, y no es época para encontrar otro hasta marzo o abril, entonces vinieron al cerro a quedarse con el Capitán. Elspeth Cunningham me los prestó para los quehaceres, como forma de pago por haberla ayudado con su hombro dislocado."

"Elspeth, ¿verdad?" Afortunadamente, parecía divertido en lugar de estar molesto. "¿Tenemos que alimentarlos?"

"Bien, les he estado dando almuerzo y una cena ligera. Luego se van de regreso a la cabaña del Capitán, y regresan al día siguiente a media mañana. Han reparado la puerta del establo," le dije extenuada, "dieron vuelta la tierra de mi jardín, cortaron madera, y han llevado todas las rocas que tú y Roger excavaron del campo superior hacia el invernadero y-"

Hizo un leve gesto, indicando que aceptaba mi decisión, y que ahora le gustaría cambiar el tema de la conversación. Lo cuál hizo besándome y preguntándome qué había de cenar. Olía a polvo, cerveza, y ligeramente a canela. 

"Creo que Fanny y el teniente Bembridge están preparando burgoo (1). Tiene carne de cerdo, de venado, y ardilla -aparentemente, debes tener al menos tres tipos de carne para que sea un burgoo propiamente dicho- pero no tengo idea qué más han puesto en él. Sin embargo, huele bien."

El estómago de Jamie hizo ruido.

"Sí, huele bien", dijo pensativo. "¿Y qué piensa Francis de ellos?"

"Creo que está un poco enamorada", dije en voz baja y echando una mirada al pasillo. "Cyrus vino de visita ayer, mientras ella les servía el almuerzo a los tenientes, y ella le pidió que se quedara, pero él en su lugar se irguió hasta alcanzar su altura máxima, los fulminó con la mirada, dijo algo rudo en gaélico -no creo que ella lo haya entendido, pero no era necesario- y se fue. Fanny se puso completamente colorada -por la indignación- y les sirvió a los tenientes la tarta de manzanas y pasas de uvas que era para Cyrus."

"(Preferible una langosta que soltera," en gaélico) dijo Jamie, y se encogió filosóficamente de hombros. Preferible una langosta que soltera.

"No piensas eso en realidad, ¿verdad?" le pregunté, curiosa.

"En el caso de la mayoría de las muchachas, sí," dijo. "Pero quiero a alguien mejor para Frances, y no creo que un marinero británico sea suficiente. ¿Dices que se marcharán cuando llegue la primavera?"

"Por lo que entendí, sí. ¡Auuh!" Masajeé con cuidado el tierno y palpitante hematoma en mi pie. El mortero me había golpeado en la base del dedo gordo del pie y mientras que el dolor original había disminuído un poco, tratar de apoyar el pie o doblar los dedos resultaba en una sensación de alambre de púas siendo pasado por entre mis dedos.

"Siéntate, a nighean," me dijo, y empujó la gran silla acolchada, que Brianna había bautizado La Silla Kibitzer, hacia mi. "Traje algunas botellas de buen vino de Salisbury, supongo que una de ellas hará que tu pie se sienta mejor."

Lo hizo. También logró que Jamie se sintiera mejor. Podía ver que había regresado a casa cargando algo, y sentí un pequeño nudo en mi propio corazón. Me lo diría cuando estuviera listo."

(1) Burgoo: Un estofado o una sopa espesa. Combinación de carne y verduras. Plato típico de Estados unidos.


 

17 de mayo de 2020

#DailyLine (ADELANTO) Libro Nueve. Visitas inesperadas

Fuente/Source: Diana Gabaldon



 


#DailyLines #Veydilealasabajasquequepartí #Libro9 #acercándonos #noestátodavía #osavisaré

[Excerpt from GO TELL THE BEES THAT I AM GONE, Copyright 2020 Diana Gabaldon]

Encontré al joven Ian, no en su terreno más arriba, sino en los bosques cercanos, rifle en mano.

"!No dispares!" exclamé a través de la maleza. "!Soy yo!"

"No podría confundirte con nada excepto con un oso pequeño o un cerdo grande, tía", me aseguró, mientras yo me abría paso hacia él a través de unos cornejos. "Y no quiero encontrarme con uno de esos hoy".

"Bien.  ¿Y qué tal si fueran un par de amables contrabandistas?"

Se lo expliqué tan bien como pude trotando detrás de él mientras se desviaba a través del campo para coger su guadaña, la cual puso entre mis manos.

"No creo que tengas que usarla tía", dijo mirando la expresión de mi rostro. "Pero si te quedas ahí bloqueando el camino, un hombre desesperado podría intentar atravesarlo".

Cuando llegamos, descubrimos que el camino había sido efectivamente bloqueado por la carga de la primera mula, que había conseguido quitarse de encima completamente. Cuando Ian y yo aparecimos un poco poco por debajo de los contrabandistas, la primera mula estaba disfrutando de su nueva ligereza de espíritu, y trepaba libremente sobre la pila de bolsas, cajas y objetos de mimbre hacia nosotros, tratando de unirse a su compañero, que tenía limitado el paso por un gran arbusto de zarzamoras que bordeaba el camino.

Evidentemente habíamos llegado casi al mismo tiempo que Jamie y Tom McLeod, ya que los dos traficantes se habían girado para mirarnos a Ian y a mí al mismo tiempo que Jamie y Tom aparecían en el camino por encima de ellos.

"¿Quién demonios sois?" preguntó uno de los hombres mirándonos a Ian y a mí con desconcierto. Ian se había recogido el pelo en un moño alto para retirarlo mientras segaba, y sin su camisa se le veía profundamente bronceado y tatuado, como el Mohawk que era. Yo no quería pensar cómo me veía, completamente despeinada y con el pelo lleno de hojas, pero agarré my guadaña y les dirigí una mirada severa.

"Soy Ian Ôg Murray" dijo Ian suavemente y me señaló con la cabeza "Y ella es mi tía. Oops" la primera mula husmeaba el camino entre nosotros provocando que ambos nos retiráramos del paso.

"Soy Ian Murray" repitió Ian dando un paso atrás colocando su rifle en una posición relajada pero definitivamente preparada sobre su pecho.


"Y yo", dijo una voz profunda desde arriba, "soy el Coronel James Fraser, del Cerro Fraser, y ella es mi esposa".  Se hizo visible, alto y de hombros anchos contra la luz, con Tom detrás de él con el rifle brillando con la luz del sol.

"Agarra la mula, Ian. Esta es mi tierra. ¿Y quienes son ustedes, si puedo preguntar?"

Los hombre se sacudieron sorprendidos y miraron hacia arriba- aunque uno miró de forma cautelosa hacia atrás para vigilar la retaguardia.

"Er....somos....um". El hombre joven- no debía de tener más de veinte años- dirigió una mirada de pánico al mayor. "Soy el Teniente Felix Summers, señor. Del barco de su Majestad, el Revenge".

Tom emitió un ruido que podía ser de diversión o amenaza. 

"¿Quién es tu amigo?" preguntó señalando al mayor, que podía ser cualquier cosa, desde un vagabundo a un cazador de los bosques, pero que en cualquier caso parecía un gran bebedor con las mejillas y la nariz llenas de capilares rotos.

"Yo....creo que su nombre es Voules, señor", dijo el teniente. "No es mi amigo". Su cara había pasado del blanco del susto al rosa brillante. "Le contraté en Salisbury, para que me ayudara con mi...mi equipaje".

"Ya veo", dijo Jamie educadamente. "¿Quizás está usted ......perdido, teniente? Creo que el océano más cercano está a trescientas millas de aquí".

"Estoy de permiso", dijo el joven para mantener su dignidad. "He venido a visitar a.....alguien".

"Hay premio para averiguar a quién", dijo Tom a Jamie bajando su rifle. "¿Qué quieres hacer con ellos Jamie?"

"Mi esposa y yo llevaremos al teniente y a su... hombre... a la casa para que se refresquen", dijo Jamie haciendo una graciosa reverencia a Summers. "¿Puedes ayudar a Ian con... ?" señaló con la cabeza al caos esparcido entre las rocas. "... Ian una vez que termines, sube y trae al Capitán Cunningham para unirse con nosotros, ¿de acuerdo?"

Summers captó la sutil diferencia entre "invitar" y "traer" al igual que lo hizo Ian, pero no tenía opción. Tenía una pistola y una daga de oficial en su cinturón, pero pude ver que la primera no estaba cebada y por lo tanto, tampoco estaba cargada, y además dudé que alguna vez la hubiera sacado con otro motivo que no fuera afilarla. Jamie ni siquiera miró sus armas y mucho menos pidió que las depusieran.

"Gracias, señor". dijo Summer girando sobre sus talones, y pasó tímidamente junto a mí y mi guadaña, bajando con la espalda rígida por el camino.

(!Gracias a Sandra Robson por esta deliciosa y etérea foto de abeja!)









30 de abril de 2020

#DailyLine (ADELANTO) Libro 9. Ian Mohr, hombre sabio

Fuente/Source: Diana Gabaldon


Pasaron junto a un grupo de hombres, cerca de veinte, con el rostro desdibujado debajo del alero de sus sombreros, pero la luna iluminó una pálida nube del polvo que levantaron sus botas, lo que les hacía ver como si caminaran con niebla creciente hasta la rodilla.  Eran escoceses-irlandeses, hablando en voz alta, notablemente ebrios y discutiendo entre ellos, por lo que Jamie e Ian los pasaron sin que los tuvieran en cuenta. Francis Locke había dicho que había unas cuantas compañías de milicias en el pueblo; estos hombres tenían el aspecto de pertenecer a una milicia nueva -importantes e inseguros al mismo tiempo, y queriendo demostrar que no lo estaban.

Cruzaron la plaza y las calles detrás de ella, y se reencontraron una vez más con el silencio en medio del llamado de los búhos en los árboles cerca de Town Creek. Ian rompió el silencio, hablando bajo, un poco para sí mismo y otro poco no.

"La última vez que caminé así -quiero decir, de noche, caminando, no cazando- fue justo después de Monmouth", dijo. "Estaba en el campamento británico, con su señoría, y él me pidió que me quedara, porque yo tenía una herida de flecha en el brazo -recuerdas eso, ¿verdad? Ese mismo día, más temprano, tú me quebraste la parte larga de la flecha".

"Lo había olvidado", admitió Jamie.

"Bueno, fue un día largo". 

"Sí. Recuerdo sólo algunas partes. Perdí mi caballo cuando cayó del puente a una de esas ciénagas infernales, y nunca olvidaré el sonido de eso". Un profundo estremecimiento le revolvió las tripas, recordando el sabor de su propio vómito. "Y luego recuerdo al general Washington -¿Estabas allí, Ian? ¿Cuando hizo volver a la retirada luego de que Lee hiciera un lío de ello?

"Sí", dijo Ian, y se rió un poco. "Aunque no le presté mucha atención. Tenía mi propio problema para resolver, con los Abenaki. Y también lo resolví", agregó con voz sombría. "Tus hombres capturaron a uno de ellos, pero yo maté al otro esa noche, en el campamento británico, con su propio tomahawk".

"No había escuchado eso", dijo Jamie sorprendido. ¿Lo mataste en el campamento británico? Nunca me lo dijiste. Y por cierto, ¿cómo es que estabas allí? La última vez que te vi fue justo antes de la batalla,  y te volví a ver cuando tu primo William cargaba lo que pensé era tu cadáver sobre una mula".

Y la siguiente vez que había visto a William había sido en Savannah, cuando su hijo le había venido a pedir ayuda para salvar a Jane Pocock. Y había sido tarde. Ese fracaso no había sido culpa de ninguno de ellos dos, pero aún le dolía el corazón por la pequeña muchacha... y por su pobre muchacho.

"Eso no me molestó mucho", dijo Ian. "Llegué con Lord John -nos arrestaron juntos- pero luego salí del campamento, buscando a Rachel o a ti, pero tenía mucha fiebre, la noche iba y venía a mi alrededor como si respirara y yo caminaba por las estrellas con Pa a mi lado, conversando con él, como si...

"Como si él hubiera estado allí", terminó Jamie con una sonrisa. "Y creo que lo estaba. Lo siento a mi lado, de vez en cuando". Miró automáticamente hacia su lado derecho mientras dijo eso, como si en efecto Ian Mohr estuviera allí en ese mismo instante.

"Conversábamos sobre el indio que acababa de matar -y le dije que me acordaba de ese idiota que trató de extorsionarte, tío- el que maté al lado del fuego. Dije algo acerca de como parecía diferente, matar a un hombre cara a cara, y pensé que ya tendría que estar acostumbrado a cosas de ese tipo a esa altura, pero no lo estaba. Y él dijo que tal vez no debería acostumbrarme", dijo Ian pensativo. "Dijo que eso no era bueno para mi alma, acostumbrarme a cosas como esa".

"Tu Pa era un hombre sabio".


Gracias a Milissa Vitrella por la fotografía de las abejas.

#DailyLine (Adelanto) Libro 9. Preparada para disparar

Fuente/Source: Diana Gabaldon 

 


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[Excerpt from GO TELL THE BEES THAT I AM GONE, Copyright 2020 Diana Gabaldon.]

"Toma". Jamie se sacó una de las pistolas de su cinturón y se la dio a su hermana. La cual -para la sorpresa de Rachel- simplemente asintió y apuntó a una rueda rota de carreta abandonada a un lado del camino, probando la visión.

"¿Pólvora?" preguntó Jenny deslizando la pistola en su cinturón.

"Toma". Jamie se quitó una bolsa de su cuello y pasó la correa con cuidado por la cofia blanca de Jenny. "Tienes suficiente pólvora para matar a una docena de hombres, y seis cartuchos recién hecho para tener ventaja".

Jenny se dio cuenta de la cara de Rachel cuando dijo "matar a una docena de hombres" y sonrió ligeramente. A Rachel no la tranquilizaba.

"No te preocupes _a nighean_" dijo Jenny y palmeó su brazo antes de colocar bien la bolsa de cartuchos. "No dispararé a nadie a menos que quieran hacernos daño".

"Yo... preferiría que no dispararas a nadie en ninguna circunstancia" dijo Rachel con tacto. No había comido mucho en el desayuno pero sentía el estómago revuelto. "No... por nosotros, por supuesto". Pero había acunado la cabeza de Oggy ante el pensamiento, presionándole cerca.

"¿Estarías de acuerdo si los disparo en mi propio nombre?" preguntó Jenny arqueando una ceja. "Porque no voy a permitir que nadie se meta con mi nieto".

"Se comprensiva, mamá", dijo Ian tolerante antes de que Rachel pudiera contestar. "Sabes que si nos encontramos con algún villano, Rachel los convencerá antes de que tengas que dispararles",  le dedicó a Rachel una sonrisa íntima y ella respiró un poco.

Jenny emitió un sonido gutural que podría ser de acuerdo o simplemente educación, pero no dijo nada más sobre disparar a nadie.

[Esta foto es mía, de abejas ocupadas en la polinización de un naranjo en el patio trasero]







26 de febrero de 2020

#DailyLine (Adelanto) Libro 9. De compras por Salisbury

#DailyLines #VeYDileALasAbejasQuePartí #Libro9 #EnSemanas #NoEnMeses #NoOsPreocupéisOsDiréCuantoEstéTerminado #CSISalisbury #ForenseYCompras

Fuente/Source: Diana Gabaldon 

A Jamie le quedaban unos asuntos en Salisbury, sabía a lo que iba y lo que necesitaba. Aún así, Salisbury era una ciudad grande, con comerciantes y tiendas, y Claire le había dado una lista. Se palpó el bolsillo lateral y se tranquilizó al sentir como crujía el papel, no lo había perdido. Con un suspiró sacó la lista, la abrió y leyó.

Dos libras de alumbre (es barato)
Corteza jesuita, si alguien la tenía (trae toda o lo máximo que puedas)
1/2 libra yeso de Gilead (preguntar al boticario o médico)
2 pts. aceite dulce ¡asegúrate que lo sellen con cera!
2 g. belladonna  [ ], [ ], [ ], [ ], [ ] y [ ]
Rollo de Lino (ropa interior para mí y para Fanny, camisa para ti)
Dos rollos de tela fuerte (uno azul y otro marrón)
3 onzas de alfileres de acero (sí, los necesitamos mucho)
Hilo (para coser ropa, no para velas ni para carne) -diez bobinas blancas, cuatro azules, seis negras.
Una docena de agujas, principalmente pequeñas, excepto dos muy largas, por favor. La medida de tu dedo medio servirá.
Y para comer-
Dos barras de azúcar.
Diez libras de harina (lo podemos conseguir en Woolam Mill si es muy caro en Salisbury)
Una libra de sal.
Diez libras de judías secas.
Diez libras de arroz
¡Especias! (si puedes permitírtelo. ¿Pimienta, canela, nuez moscada.....?)

Jamie sacudió la cabeza mientras bajaba por la calle añadiendo mentalmente.

2 barriles de pólvora
1/2 carga de plomo

Cuchillo desollador decente......Alguien había cogido el suyo y le había quitado la punta, y sospechaba que había sido Amanda, era la única de los niños que podía mentir de manera convincente.

Tenía a Clarence y Abednego para llevarlo todo a casa. Y suficiente material y dinero para comerciar y pagar por ello. Ni se le pasaba por la cabeza mostrar oro en un lugar como este, lo seguirían de vuelta al Cerro como las abejas a los girasoles de Claire. Los certificados del almacén y el whisky atraerían menos comentarios.

Haciendo cálculos en su cabeza, casi se tropieza con el alguacil Jones que salía de una taberna con un rollo a medio comer.

"Perdón señor", dijeron a la vez y se inclinaron por reflejo.

"¿Vuelve a las montañas, Sr. Fraser?" le preguntó Jones, cortés.

"Sí, en cuanto haga las compras de mi esposa", Jamie todavía tenía la lista en su mano y gesticuló con ella antes de meterla de nuevo en su bolsillo.

Se diría que la visión de la misma trajo algo a la mente del alguacil por cómo fijo los ojos en el papel.

"¿Sr. Fraser?"

"¿Sí?"

El alguacil le miró con cautela pero asintió, aparentemente pensando que era lo suficientemente respetable para preguntarle.

"El hombre muerto al que vino a ver anoche. ¿Diría que era judío?"

"¿Qué?"

"Judío", repitió Jones pacientemente.

Jamie miró fijamente al hombre. Estaba desaliñado y todavía sin afeitar, pero no olía a alcohol y sus ojos eran claros aunque cansados.

"¿Cómo iba a saberlo?" preguntó "¿Y por qué lo cree?" Tuvo una idea tardía ."Oh, ¿le miró el pene?"

"¿Qué?" Jones lo miró fijamente.

"¿Entonces no sabe que los judíos están circuncidados?" preguntó Jame con cuidado de no parecer que pensaba que Jones debería saberlo.

"¿Están qué?"

"Ehm...." Dos damas seguidas de una criada que llevaba tres niños pequeños y un muchacho con un pequeño carro para paquetes, se acercaban a ellos, con las faldas sujetas fuertemente por encima del barro de la calle. Jamie se inclinó hacia ellos, luego le hizo una señal a Jones con la cabeza para que lo siguiera a la vuelta de la esquina de la taberna, a un callejón donde iluminó al alguacil.

"¡Jesucristo!" exclamó Jones con los ojos muy abiertos ."¿Por qué demonios hacen eso?"

"Dios les dijo que lo hicieran" dijo Jamie con un encogimiento de ojos. "Aunque tu hombre muerto. ¿Estaba él....?"

"No....miré.." dijo Jones dirigiéndole una mirada de horror y repulsión.

"¿Entonces por qué piensa que podía ser judío?" preguntó Jamie paciente.

"Oh. Bueno....por esto" Jones buscó a tientas en su ropa y sacó un papel sucio y muy doblado tendiéndoselo a Jamie. "Estaba en su bolsillo".

Desdoblado tenía seis líneas escritas, realizadas cuidadosamente con una buena pluma por lo que cada carácter se mantenía claro.

"No pudimos saber qué demonios era" dijo Jones entrecerrando los ojos como si pudiera ayudarle a comprender. "Pero se lo mostré al coronel en la taberna esta mañana y lo estuvimos estudiando sin llegar a ninguna parte". Resultó que el Sr. Appleford que estaba allí _es un caballero educado_ dijo que podía ser hebreo, pero había olvidado casi todo lo que había aprendido so no podía saber lo que decía"


Jamie podía saberlo bien pero eso no cambiaba nada.


(Este es un extracto de GO TELL THE BEES IS I GONE, Copyright 2020 Diana Gabaldon. ¡Muchas gracias a Eva Noveczyk por la hermosa foto de la abeja!)